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28 años fumando y hoy soy libre: mi historia con el chicle de nicotina

8 min read Updated March 29, 2026

28 años fumando y hoy soy libre: mi historia con el chicle de nicotina

Me llamo Ana García, tengo 51 años y vivo en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Fumé durante 28 años. Más de la mitad de mi vida la pasé con un pucho en la mano. Hoy llevo un año y tres meses sin tocar un cigarrillo, y si alguien me hubiera dicho hace dos años que iba a lograrlo, me habría reído en su cara.

Una porteña con pucho

Empecé a fumar a los 23, en la facultad de Letras de la UBA. Era 1998, y en Buenos Aires fumar era tan natural como tomar mate. Se fumaba en los bares, en las aulas, en los colectivos. Mi grupo de amigos de la carrera se juntaba en el bar de la esquina de la facultad en la calle Puán, pedíamos café con medialunas y fumábamos sin parar mientras discutíamos sobre Borges, Cortázar y la situación del país.

Fumaba Phillip Morris, los de la caja verde. Después me pasé a los Camel cuando empecé a trabajar como editora en una editorial de la calle Corrientes. El pucho era mi compañero fiel: en los momentos buenos y en los malos, en las crisis económicas y en las celebraciones, en los inviernos helados de julio y en los eneros sofocantes.

A los 30 fumaba una caja por día sin ningún problema. A los 40, una caja y media. Para los 48, había días en que llegaba a las dos cajas. Cada mañana, antes de prepararme el mate, encendía un cigarrillo. Lo fumaba parada en la cocina de mi departamento, mirando por la ventana los plátanos de la calle Honduras. Ese era mi ritual sagrado. Después venía el mate, pero primero el pucho. Siempre primero el pucho.

Lo que me costó

La lista de cosas que el cigarrillo me sacó es larga. Me perdí la maratón de Buenos Aires tres años seguidos porque no me daba el físico ni para correr hasta la esquina. Dejé de ir a la cancha a ver a Boca con mi viejo porque las escaleras de la Bombonera me dejaban sin aire. Mi hija Valentina, que tiene 22 años, me confesó una vez que de chica le daba vergüenza que yo fumara delante de sus amigas del colegio.

La plata que gasté es algo que prefiero no calcular. Con lo que invertí en cigarrillos durante 28 años podría haberme comprado un departamento en Belgrano, o al menos un auto decente. Pero en ese momento no lo veía así. El pucho era barato, cinco o diez pesos al principio, y uno no se da cuenta de cómo se acumulan los gastos hasta que se sienta a hacer la cuenta.

Y la salud, por supuesto. A los 45 me diagnosticaron enfisema leve. Mi neumólogo en el Hospital Italiano, el doctor Bernstein, me mostró las placas y me explicó que mis pulmones tenían un daño que, si seguía fumando, iba a ser irreversible. Me asusté, sí. Pero no lo suficiente. Seguí fumando tres años más.

Los intentos anteriores

Intenté dejar de fumar cinco veces. Cinco. La primera fue en 2010, cuando nació Valentina. Duré una semana. La segunda, en 2015, lo hice con un grupo de apoyo en el hospital. Tres semanas. La tercera fue con parches, que me irritaban la piel y me dejaban un sarpullido. Dos meses, pero volví. La cuarta fue con un vaporizador electrónico, que terminó siendo otro vicio más. La quinta, en 2023, con pura fuerza de voluntad, duré seis semanas y recaí durante un asado familiar en Chascomús cuando mi cuñado me ofreció un cigarrillo y no tuve la fuerza para decirle que no.

Cada recaída venía acompañada de culpa, vergüenza y una sensación de fracaso que me hundía. Llegué a pensar que era un caso perdido, que había gente que podía dejarlo y yo no estaba en ese grupo.

Lo que cambió todo

En diciembre de 2024, mi mamá, que tiene 78 años y nunca fumó en su vida, tuvo un susto de salud. La internaron en el Sanatorio Güemes por una arritmia cardíaca. No fue grave, se recuperó bien, pero yo pasé tres días en ese hospital sin poder fumar, comiéndome las uñas, pensando en el pucho en vez de pensar en mi mamá.

Eso me destruyó. Estaba en una sala de espera, mi mamá conectada a un monitor del otro lado de la puerta, y yo lo único que podía pensar era en cuándo iba a poder bajar a la calle a fumar. En ese momento entendí que no era yo quien controlaba al cigarrillo, sino al revés. El cigarrillo me controlaba a mí. Era una adicta, y tenía que aceptarlo para poder salir de ahí.

Los chicles de nicotina

Cuando mi mamá salió del sanatorio, fui a ver a mi neumólogo. Le dije que quería intentarlo de nuevo, pero que necesitaba algo diferente. Los parches no me habían funcionado por la irritación de la piel, y no quería tomar medicación oral porque tengo el estómago sensible. El doctor Bernstein me sugirió los chicles de nicotina Nicorette de 4 mg, la dosis alta, que es la indicada para fumadores de más de 20 cigarrillos diarios.

Me explicó cómo usarlos: masticar lentamente hasta sentir un hormigueo, luego colocar el chicle entre la encía y la mejilla para que la nicotina se absorba por la mucosa bucal. Repetir el proceso. No tragarse la saliva de golpe ni masticar como si fuera un chicle normal. Me recomendó usar entre 8 y 12 chicles por día las primeras semanas, e ir reduciendo gradualmente.

Mi día de dejar de fumar fue el 2 de enero de 2025. Año nuevo, vida nueva. Esa noche del 31 de diciembre, mientras el barrio estallaba con los fuegos artificiales y mi familia brindaba con sidra Real en el balcón de la casa de mi mamá en Caballito, me fumé el último cigarrillo mirando el cielo iluminado sobre Buenos Aires.

Aprendiendo de nuevo

Los chicles de nicotina me dieron algo que los otros métodos no me habían dado: control. Podía decidir cuándo tomaba la nicotina. Si sentía un antojo fuerte, masticaba un chicle. Si estaba tranquila, esperaba. Esa sensación de tener algo de poder sobre la adicción fue fundamental para mí.

Las primeras dos semanas usé diez chicles por día. Los llevaba en la cartera, en el bolsillo del pantalón, en el cajón del escritorio de la editorial. Cada vez que sentía el impulso de fumar, sacaba un chicle. El sabor es fuerte, mentolado, y al principio me costó acostumbrarme. Pero era infinitamente mejor que el veneno que estaba reemplazando.

Lo más difícil fue el mate. En Argentina, el mate es un ritual social que para mí estaba inseparablemente ligado al cigarrillo. Tomar mate sin fumar era como ir a un asado sin carne. Me costó horrores las primeras semanas. Pero descubrí que si masticaba un chicle de nicotina antes de sentarme a matear, el antojo era manejable. Con el tiempo, el mate volvió a ser un placer por sí mismo, sin necesitar el cigarrillo como acompañante.

El apoyo que marcó la diferencia

Mi hija Valentina fue mi principal aliada. Ella estudia psicología en la UBA y entiende los mecanismos de la adicción. Me ayudó a identificar mis disparadores: el estrés laboral, las discusiones, la soledad nocturna, las reuniones sociales. Para cada uno, diseñamos juntas una estrategia alternativa.

Para el estrés: respiración profunda y una caminata por los bosques de Palermo. Para las discusiones: escribir en un cuaderno lo que sentía en lugar de salir a fumar. Para la soledad nocturna: llamar a una amiga o poner música y cocinar. Para las reuniones sociales: llevar siempre chicles de nicotina y una botella de agua.

También encontré apoyo en un grupo de WhatsApp de exfumadores argentinos que alguien me recomendó. Éramos quince personas de todo el país, de Ushuaia a Salta, compartiendo nuestras luchas diarias. Saber que no estaba sola en esto fue un alivio enorme.

Los cambios que noté

Al mes, la tos crónica que me acompañaba desde hacía diez años empezó a disminuir. A las seis semanas, pude subir las escaleras de la estación de subte Scalabrini Ortiz sin quedarme sin aliento. A los dos meses, una amiga me dijo que me veía la piel más luminosa, como si me hubiera hecho un tratamiento.

Pero el cambio que más me impactó fue recuperar el gusto. Una tarde fui con mi mamá a tomar un café a una confitería clásica del barrio de San Telmo. Pedí una porción de torta rogel, ese postre argentino de capas de hojaldre con dulce de leche y merengue italiano que comía de chica. Cuando le di el primer mordisco, sentí los sabores con una intensidad que me emocionó hasta las lágrimas. Hacía años que no probaba algo así. El cigarrillo me había robado eso sin que yo me diera cuenta.

La reducción gradual

A las ocho semanas bajé a los chicles de 2 mg. Usaba seis o siete por día. A los tres meses, cuatro o cinco. A los cuatro meses, dos o tres. A los cinco meses, uno o dos. Y un día de junio de 2025, mientras caminaba por la Costanera Sur viendo el atardecer sobre el Río de la Plata, me di cuenta de que hacía tres días que no masticaba ningún chicle. No lo había planeado. Simplemente ya no los necesitaba.

Hoy

Un año y tres meses después de fumar mi último cigarrillo, la vida es otra. Mi neumólogo me dijo que mi capacidad pulmonar mejoró un 15 por ciento. Corro cuatro kilómetros tres veces por semana por los bosques de Palermo, algo que habría sido imposible hace dos años. Volví a ir a la Bombonera con mi viejo a ver a Boca, y subí a la popular sin necesitar un tanque de oxígeno.

Ahorré más de 400.000 pesos argentinos en cigarrillos. Con parte de esa plata me compré una bicicleta y ahora voy al trabajo pedaleando por las ciclovías de la ciudad. Mi departamento ya no huele a humo, mi ropa ya no huele a humo, yo ya no huelo a humo.

Valentina me abrazó el día que cumplí un año sin fumar y me dijo: “Mamá, estoy orgullosa de vos.” Esas cinco palabras valen más que cualquier cigarrillo que haya fumado en mi vida.

Lo que aprendí

Dejar de fumar después de 28 años no fue fácil, y no voy a romantizarlo. Hubo días horribles, semanas de mal humor, momentos en los que creí que iba a recaer. Pero encontré en los chicles de nicotina una herramienta que me permitió ir soltando la adicción de a poco, sin el shock del abandono total.

Si estás leyendo esto y fumás hace muchos años, quiero decirte algo: tus intentos anteriores no fueron fracasos. Fueron entrenamientos. Cada vez que intentaste dejarlo, aprendiste algo. Y cada cosa que aprendiste te acerca un poco más al día en que lo vas a lograr.

No importa si tenés 30, 40 o 50 años. No importa si fumás hace 10 o hace 30. Nunca es tarde para dejar de fumar. Yo soy la prueba viviente.

Buenos Aires es hermosa cuando la respirás de verdad. Andá, intentalo. Te va a cambiar la vida.