Mi batalla contra el cigarro: cómo Champix me ayudó a dejarlo después de 15 años
Mi batalla contra el cigarro: cómo Champix me ayudó a dejarlo después de 15 años
Me llamo Carlos Rodríguez, tengo 38 años y soy de la Ciudad de México. Hoy puedo decir con toda certeza que soy un hombre libre del cigarro. Llevo catorce meses sin fumar ni uno solo, y cada día que pasa confirmo que fue la mejor decisión que he tomado en mi vida.
Los años del humo
Empecé a fumar a los 23 años, cuando trabajaba como mesero en un restaurante de la colonia Condesa mientras estudiaba contaduría en la UNAM. El ambiente gastronómico en la Ciudad de México tiene una relación estrecha con el tabaco, o al menos así era en los lugares donde yo me movía. Los cocineros fumaban en el callejón de atrás entre servicios, los meseros salíamos a echar una fumada rápida antes de que llegaran los comensales, y al cerrar el turno, sentados en la banqueta con una cerveza Victoria, el cigarro era parte del ritual.
Fumaba Marlboro Rojo. Empecé con dos o tres al día, pero en menos de un año ya iba por una cajetilla completa. Para cuando me recibí de contador y conseguí trabajo en una firma en Santa Fe, el cigarro era tan parte de mi rutina como el desayuno. Cada mañana, antes de subirme al metro en la estación Insurgentes, me fumaba uno en la esquina. En la hora de la comida, mientras mis compañeros pedían sus tacos al pastor o sus tortas de milanesa en los puestos de la calle, yo aprovechaba para fumarme dos seguidos. Y por las noches, en mi departamento de la colonia Roma, fumaba en el balcón mientras veía las luces de Reforma a lo lejos.
Lo que el cigarro me quitaba
Durante años me convencí de que fumar era un placer, algo que yo elegía libremente. Pero la realidad era otra. No podía ir al cine sin sentir ansiedad porque no podía fumar durante dos horas. Las reuniones largas en la oficina se me hacían eternas, no por aburrimiento, sino por la necesidad física del cigarro. Cancelé una excursión al Nevado de Toluca con mis amigos porque sabía que no aguantaría la caminata con mis pulmones en el estado en que estaban.
Mi novia Laura, que ahora es mi esposa, me lo decía constantemente: “Carlos, hueles a cenicero.” No lo decía con maldad, sino con preocupación. Mi ropa olía a humo, mi coche olía a humo, mis dedos tenían ese tono amarillento que ningún jabón quitaba del todo. Y la tos. Esa tos matutina que empezó siendo leve y que con los años se fue convirtiendo en algo que me doblaba sobre el lavabo cada mañana.
El momento de la verdad
En enero de 2025, Laura y yo descubrimos que estábamos esperando a nuestro primer hijo. La noticia me llenó de una alegría inmensa, pero también de un miedo que no esperaba. De pronto, fumar ya no era solo un problema mío. Iba a ser padre. Iba a tener a un bebé en brazos, y esos brazos olían a tabaco. Iba a ser el ejemplo de un niño, y ese ejemplo tenía un vicio que podía matarme antes de verlo crecer.
Laura no me presionó. No tuvo que hacerlo. La vi acariciarse la panza una noche mientras cenábamos chilaquiles en la cocina de nuestro departamento, y algo dentro de mí se rompió. O mejor dicho, algo se reparó. Supe que tenía que dejarlo, y que esta vez tenía que ser de verdad.
El camino con Champix
Fui al neumólogo, el doctor Alejandro Fuentes, en un consultorio de la colonia Del Valle. Me hizo unas pruebas de función pulmonar que salieron por debajo de lo ideal para mi edad. Me explicó las opciones disponibles y me recomendó vareniclina, que en México se vende como Champix. Me explicó que funciona de dos maneras: bloquea los receptores de nicotina en el cerebro para que fumar ya no produzca satisfacción, y al mismo tiempo libera una pequeña cantidad de dopamina para reducir los síntomas de abstinencia.
El tratamiento es de doce semanas. La primera semana se toma una dosis baja, una pastilla de 0.5 mg al día los primeros tres días, luego dos al día. A partir de la segunda semana se sube a 1 mg dos veces al día. El doctor me dijo que podía seguir fumando la primera semana mientras el medicamento hacía efecto, y que fijara un “día D” para dejar el cigarro por completo.
Mi día D fue el 27 de enero de 2025. Un lunes. Me fumé el último cigarro el domingo por la noche, en el balcón de siempre. No fue ceremonioso ni dramático. Simplemente lo apagué, tiré la cajetilla al bote de basura y entré a la casa.
Las primeras semanas
El Champix funcionó de una manera que me sorprendió. Los primeros días después de mi día D sentí ganas de fumar, claro, pero eran ganas manejables. No era esa desesperación salvaje que había sentido en mis dos intentos anteriores de dejarlo a lo macho. Era más bien como un pensamiento recurrente que podía observar y dejar pasar, como una nube cruzando el cielo sobre el Ángel de la Independencia.
Los efectos secundarios del Champix fueron moderados. Las dos primeras semanas tuve náuseas por las mañanas, sobre todo si me tomaba la pastilla con el estómago vacío. El doctor me recomendó tomarla siempre después de comer, y eso ayudó bastante. También tuve sueños muy vívidos. Soñaba con situaciones absurdas, como estar fumando en medio del Zócalo rodeado de aztecas, o intentar prender un cigarro bajo el agua en Xochimilco. Eran sueños raros, pero no desagradables, y al despertar me servían de recordatorio de lo presente que estaba el tabaco en mi subconsciente.
La parte más difícil fue la asociación del cigarro con ciertas situaciones. Los viernes por la noche, cuando mis compañeros del trabajo iban al bar de la esquina a tomar unas chelas, el impulso era fuerte. El olor del humo ajeno me provocaba una mezcla de deseo y repulsión que era difícil de procesar. Aprendí a pedir mi Modelo Especial y sentarme lejos de los fumadores. Con el tiempo, el olor del humo dejó de atraerme y empezó a molestarme genuinamente.
Las herramientas que me ayudaron
Además del Champix, desarrollé estrategias que fueron clave para mi éxito. Empecé a correr por el Bosque de Chapultepec tres mañanas a la semana. Al principio no podía ni dar la vuelta al lago sin sentir que me faltaba el aire, pero semana a semana fui mejorando. El ejercicio me daba una descarga de endorfinas que reemplazaba, al menos en parte, lo que el cigarro me daba antes.
También cambié mi rutina del café. En lugar de preparar mi Nescafé en casa y fumármelo en el balcón, empecé a ir a un café de especialidad en la Roma Norte, donde no se permite fumar y donde el ritual de elegir el grano y ver la preparación me daba algo en qué concentrarme.
Laura fue mi roca. Nunca me reprochó mis momentos de mal humor, que fueron varios. Cuando estaba irritable y de malas, me preparaba un agua de horchata fresca y me decía: “Acuérdate por qué lo estás haciendo.” Y yo me tocaba la panza de ella, sentía al bebé moverse, y se me pasaba todo.
Mi amigo Rodrigo, que dejó de fumar hace cinco años, también fue fundamental. Me mandaba mensajes diarios preguntándome cómo iba. Los días malos, cuando el antojo pegaba fuerte, le hablaba por teléfono y él me escuchaba, me recordaba que era temporal, que iba a pasar.
El progreso
A las cuatro semanas ya no pensaba en el cigarro a cada rato. Los pensamientos intrusivos se fueron espaciando. A las ocho semanas pude sentarme en una terraza con amigos que fumaban sin sentir la necesidad de pedirles uno. A las doce semanas, cuando terminé el tratamiento con Champix, ya me sentía completamente diferente.
Mi cuerpo se fue transformando. La tos matutina desapareció al segundo mes. Mi piel se veía menos gris, más viva. Podía subir las escaleras del metro de Coyoacán sin llegar arriba bufando como locomotora. Y la comida, madre mía, la comida. Los tacos de suadero en el puesto de don Beto en Coyoacán, el mole de mi suegra, los tamales oaxaqueños del mercado de Medellín. Todo sabía mil veces mejor. Era como si hubiera vivido quince años con un filtro puesto y alguien me lo hubiera quitado de golpe.
La llegada de Mateo
En agosto de 2025 nació mi hijo Mateo. Cuando lo tuve en brazos por primera vez en el Hospital Ángeles, con sus manos diminutas agarrándome el dedo, respiré profundo y sentí el aire llenarme los pulmones como nunca. Mis brazos no olían a humo. Mi aliento no apestaba a tabaco. Mi hijo estaba respirando aire limpio a mi lado.
Ese momento fue la confirmación absoluta de que había tomado la decisión correcta. Cada noche de insomnio durante la abstinencia, cada momento de ansiedad, cada antojo resistido, todo había valido la pena por poder vivir ese instante sin la sombra del cigarro encima.
Catorce meses después
Hoy Mateo tiene siete meses. Lo llevo al parque de la colonia en su carriola, corro con él en la Carrera de la Ciudad de México, le canto canciones de cuna por las noches sin que la tos me interrumpa. Mi espirometría salió normal en mi última consulta con el doctor Fuentes. He ahorrado más de 30,000 pesos mexicanos que antes se iban en cigarros.
Pero lo que más valoro es algo que no tiene precio: la libertad. Ya no soy esclavo de un cigarrito. No tengo que planear mi día alrededor de cuándo y dónde puedo fumar. No tengo que salirme de la fiesta de bautizo de mi sobrino para ir a fumar al estacionamiento. No tengo que inventar excusas para alejarse de la mesa familiar.
A quien esté leyendo esto
Si estás pensando en dejar el cigarro, te lo digo derecho y sin rodeos: sí se puede. No digo que sea fácil, porque estaría mintiendo. Pero con la ayuda adecuada, con un buen médico, con un medicamento como Champix que te quite la parte química del problema, y con personas que te apoyen, se puede lograr.
No esperes el momento perfecto, porque no existe. No esperes a que se alineen las estrellas. Busca tu razón, esa razón que te mueve más que el miedo. Para mí fue Mateo. Para ti puede ser otra cosa. Pero esa razón está ahí, esperándote.
La Ciudad de México se ve diferente cuando no fumas. Los atardeceres sobre el valle, el olor a tierra mojada cuando llueve en agosto, el aire fresco de las mañanas de diciembre. Todo eso ya estaba ahí, pero yo no podía percibirlo. Ahora sí. Y no pienso volver a perderme nada.